El Día en que te Fuiste

December 5, 2009 § Leave a comment

El día en que te fuiste los dientes de león huyeron contigo; se escaparon caprichosos cuál pillos. Esa tarde, las nubes anunciaban tu partida y la lluvia estática se contenía antes de verterse sobre tierra en repequitenates tamborileos, como voces en un coro haciendo preludio al acto estelar.

Ese día, cuando te fuiste y prometiste regresar, mi sonrisa a pesar de todo, se iluminó; perlas blancas parecían adelantar lo que un día veré cuando vuelvas por mí. Esa tarde vi a dos muchachitos corriendo, sus sandalias marcaban la tierra, sí, como las marcas que después vería sobre ti, pero aquellas pisadas se borraban apenas el viento las acariciase; las tuyas en cambio se alojaron muy adentro en mi corazón, aún me acompañan y de cuando en cuando echo de verlas y así tener un poquito más de ti, un poquito más cerca.

Aquella tarde era como cualquier otra, y sin embargo no. Tomé el trozo de pan y engullí el líquido que lo haría más sencillo de tragar. Oh, cuán dulce y suave se presentó entonces aquel austero mas exquisito bocado, mismo que me preparó la vista ante lo que enfrentaría; las mujeres susurraban y aquellos hombres que tantas veces me intrigaron lucían perturbados. Yo no comprendía y sin embargo algo muy dentro de mí se regocijaba. Mis ovejas me siguieron obedientemente hasta que les guardé. Entonces corrí mientras mis costillas resistían el esfuerzo, pero mi costado jamás se compararía a la visión que tuve del tuyo. Mamá pidió que no me acercase, papá ni siquiera comprendía, aun así estaba deseoso de ser tan valiente como tus camaradas, amigos y hermanos, sí, aún cuando hubiesen huido hacía apenas unas horas.

Cuando al fin llegué y las hordas de gente me impedían el paso, doblé mis rodillas y, raspones y todo, me abrí camino hasta el mero centro. Esperé y esperé, pero nada pasó… Permaneciste allí, fundiéndote con la creación alrededor, y mientras los más lloraban,s alguien cercano a ti se regocijaba en el profundo dolor.

Extendiste la invitación y aún en soledad la acepté. ¡Cuán glorioso el momento! Pensé entonces que quizás volvería todo a la normalidad cuando en realidad estaba siendo trastornado una vez y para siempre. Así fue que comprendí que debías irte pero volverías.

La noche en que te fuiste alguien preguntó, mientras miraba las estrellas brillando contra la negrura de los cielos – Entonces, ¿Quién era? ¿Qué era?
– Era un diente de león – respondí…  pues te atreviste a volar y desmembrarte para infundir tu misma esencia en cuanto ser pudieses; hecha la despedida y con el viaje planeado, me dejaste observando contra el horizonte la cadencia de tu vuelo. Me hiciste pensar y recordar que estaríamos de nuevo juntos.

Aquella tarde me hiciste un regalo color de escarlata. Y hoy, tiempo después, miro los jardines y praderas, valles y todo cuanto el verde anuncie y te busco; te busco porque me recuerdas y te recuerdo, porque volverás; esta vez, a compartir tu ligero y añorado vuelo.

Diente de león, cordero… mis perlas brillan, sé que en tu rostro se dibuja una sonrisa.

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