y monté mi bicicleta roja…

November 30, 2009 § Leave a comment

Y monté mi bicicleta roja…

Un día deduje que las nubes me esperaban, y los campos verdes estaban frescos, cubiertos por rocío, aguardando por mis pies que los estrujasen. Resolví que la marea era bastante fuerte y las olas estruendosas, y el olor a sal demasiado penetrante – sobremanera – para quedarme sentada, inmóvil. Entonces le mire, cromada y brillante, vacía y dispuesta, tan hermosa.

Y así monté mi bicicleta roja, recorrí lugares, canciones y memorias. Pedaleé tan fuerte que los pies se me llagaron; sangre fresca, pegajosa, corría por entre los dedos, regando semillas, alimentando cosechas, pero no paré. Mi bicicleta roja me llevaría a donde jamás había llegado, a donde tantas noches alentada por furiosa imaginación, me atrevía a volar, cruzando las cercas y derribando los muros.

Entonces, una escala en un pequeño pueblo. Compré unos suecos de madera clara, un par de monedas, hogaza de pan, mermelada dulcísima. Continué mi recorrido, me descalcé  los bonitos suecos (resultaron esorboos). Monté de nuevo, solté las manos. Esta vez, en gran arriesgue, navegaría bajo la dirección del viento dejándole timonear el par de ruedas de mi armatoste; nada me detendría.

Luego, una escala más, un perrito escandaloso y una memoria. El equipaje comenzaba a acumularse en la parte trasera; momento de descargar. Por fin, al pie de una costa desaté los cordeles, y de a poco, paquetitos y bolsas de papel; listones hermosos y mugrosos envoltorios, cayeron todos por igual. De nuevo allí me esperaba, ligera y sencilla, para emprender el recorrido de nuevo.

Intenté técnicas y estrategias, modos de andar y parar. Busqué para ella un nombre y personalidad, le até hilos de azul y púrpura que acariciaban el viento cosquilleando; vi mi reflejo en espejos de agua, comí del trigo nuevo a orillas del camino. Dormí sobre arenas calientes exhalando, en susurros, el vapor que el sol de medio día armoniosamente habría canturreado sobre ellas horas atrás.

Pedaleé, mucho, por largo tiempo. Pedaleo, aún no llego, hay sed y hay sudor; hay cansancio y también cortas carcajadas que de cuando en cuando escapan. Y aún le veo bella, brillante y sencilla, a ésta, mi bicicleta roja. Mas caigo en cuenta, tan hermosa y motivo de deleite como es, es también su hacedor. ¿Dónde estás hacedor?, ¿Cuándo te veré? ¿Conoceré alguna vez el artificio de tus manos? ¿Me dirás cómo fue la noche en que dejaste la bicicleta frente a mi puerta? Se me antoja estrellada, con grillos entonando su canción, brisa de verano bañando las costas y risas de pequeños a lo lejos. Harto hermosa en verdad. Mas, ¿Fue en verdad como en el imaginario? Apuesto que aún más bella.

Hacedor, dime; habla y callaré. Mientras tanto, montaré mi bicicleta roja trazando círculos, levantando mis manos y así me verás. Llevaré mi bufanda al cuello y los pies desnudos, y voltearé al cielo, esperando verte. Sé que te veré; mírame tú.

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